El Ocaso de La Bala Blanca

10 de Marzo de 2025

Imagen portada

Este pudo ser un mini-relato para un concurso, que nunca lo presenté. Quería volver a escribir, y vi un concurso local, leí la temática y eran tan solo 300 palabras. Vi que para empezar, podía ser una buena oportunidad.

Cuando lo terminé, reparé en la letra pequeña del concurso. Si el relato participaba, ya no podría publicarlo, perdería ese derecho. Como parte del relato es un recuerdo, no me gustó el precio a pagar. Así que lo publiqué por aquí:

Don Julián, como lo llamaban en el barrio, se despedía de su vieja amiga, una furgoneta Opel Combo blanca, entregandole las llaves a su nuevo propietario.

Le había acompañado en todas sus aventuras de los últimos 13 años: idas y venidas diarias al monte para pasear a sus perros, sesiones de pesca en el pantano, excursiones con sus nietos e hijos, y recados cotidianos.

Ni sus dos audífonos, ni sus cataratas ya operadas, habían mermado sus reflejos, y siempre se había jactado de su habilidad al volante. Pero ocurrió un suceso que, aunque en aquel momento no le dio demasiada importancia, su subconsciente no dejó de recordárselo noche tras noche.

Volvía con sus nietos de un almuerzo. El trayecto a casa ya casi había terminado, y Julián iba comentando animosamente las zonas que pasaban. En un descuido, tuvo que apretar ambas manos en el volante para dar un bandazo y enderezar la furgoneta. Por muy poco esquivaron el separador de hormigón de la salida, que, debido a la maniobra, tuvieron que saltarse.

Esa noche, se dio cuenta de que, por primera vez en 78 años, sentía el peso de los años sobre sus hombros.

Uno de esos sabados en que sus hijos y nietos lo visitaban, soltó la noticia como quien dice una banalidad cualquiera:

—No he renovado el carné. He vendido la furgoneta.

Así era él, de ideas fijas. Aunque castellano de nacimiento, habría convalidado perfectamente la asignatura de cabezonería maña con matrícula de honor.

Al día siguiente de vender la furgoneta, se equipó con su mochila, sus rastrojeras y su vara de andar. Miró a su fiel galga, Flecha, asintió y pensó en voz alta:

—Cuidado conductores, hay un nuevo peatón.

Fuentes